Algo Triste

Diciembre 9, 2007 at 6:06 pm (Blogs, Vivido) (, , )

 

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Martes 19 de marzo de 2005, tres a.m. En mi casa todos dormíamos. Sonó el teléfono. Era mi tía abuela. Realmente es muy difícil hablar con ella por teléfono. Desde su nacimiento, hace 70 años tiene una malformación en el tímpano y casi no escucha, y menos cuando esta desesperada como esa fatal madrugada.

Mi abuela, su hermana mayor, de 71 años en ese entonces, había llegado a su cuarto, minutos antes de la llamada, arrastrándose por el suelo, con la boca y la nariz llenas de sangre. El médico, luego de algunos exámenes, confirmó la sospecha. Un derrame cerebral que días después provocó la muerte de mi beyita, como yo la llamaba.

Diez días en el hospital, turnos en la noche para cuidarla entre mis primas, mis tías, mi mami y yo. ¡Que terribles días! Talvez los más largos que he vivido, el tiempo se multiplicaba a la enésima potencia. Empecé a fumar, no encontraba otra cosa para hacer en los patios de esa casa de salud.

-No hay nada más por hacer. Si sobrevive, ya no podrá valerse por sí misma- dijo el doctor. En Hamburgo, donde viven mis tías, el panorama no era mejor. La una embarazada de siete meses y la otra acababa de dar a luz un mes atrás y su madre moría, poco a poco, en Ecuador.

La eutanasia es un delito. No la podían desconectar de las máquinas que suplían sus funciones vitales. Al fin, las chiquitas, como les dicen por ser las menores, llegaron de Alemania. cuando ellas pudieron por fin verla, en la pulcra sala de cuidados intensivos del Vozandes, el cuerpo de mi abuelita, prácticamente sin vida, parecía tranquilo.

-Parece que mi mamita está esperando que todos se despidan de ella, la perdonen y también que perdone todo lo que pudo ofenderla- repetía mi tía Gladys, la que estaba más serena. Sin embargo, llegado el décimo día de esta tortuosa espera seguía faltando alguien. La despedida y las disculpas de mi abuelo. El gran amor de su vida.

Eran las 9 y media de la noche y los médicos pronosticaron que de esa noche no pasaría. Mi papá, mi ñaño y yo estábamos en una de las terrazas del hospital esperando el tan anunciado desenlace. En la casa de mi abuela, mi mamá, y tres de mis tías preparaban el traje que vestiría mi beyita en su entierro.

Gladys llamó a mi abuelo, su padre, y le pidió que se despidiera. El respirador cada vez funcionaba más lento. Acercó el teléfono al oído de mi abuela. Nunca supimos que le dijo él. Cuando mi tía pensó que había pasado un tiempo prudencial, retiró el auricular y escuchó que él cantaba la última parte de la canción con la que la enamoró 50 años antes.

Suponemos que le pidió perdón, pues 25 años atrás él la dejó por vivir una aventura con su secretaria. Aproximadamente cinco segundos después de la llamada el respirador se apagó y la maquina que controlaba los lentísimos latidos de su corazón emitió un sonido ensordecedor.

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