Decir que existe un oficio en el mundo que es mejor o superior, en muchos aspectos, a los demás es muy aventurado, pero viviéndolo desde las raíces creo que es un superlativo muy acertado.
De mi poca experiencia en este fascinante mundo, puedo decir que para ser un periodista de, por lo menos, mediana calidad es necesaria la instrucción y el conocimiento de la mayor cantidad posible de ciencias, artes, acontecimientos de actualidad, historia, entre otras para un mejor desenvolvimiento en el ámbito profesional.
Para esto se hace imprescindible la lectura incansable, la curiosidad insaciable y la astucia necesaria para conseguir la información útil para informar a la sociedad. Además, asumir que la sociedad o mejor dicho nuestros lectores son nuestros reales y únicos jefes, es tan o más importante que cumplir las reglas del medio para el que uno trabaja o de la profesión en general, ya que el éxito verdadero está en satisfacer la necesidades de información y conocimiento de ellos.
Sin duda alguna, la vocación y el gusto por esta labor son esenciales para comprometerse y encontrarle “la razón de ser” a la profesión. Para descubrir si es que nos estamos dirigiendo por el camino correcto es necesario que tengamos la capacidad de desenvolvernos por nuestros propios medios y no temerle a muchas cosas que gran parte de la gente no haría.
Ser más astuto y arriesgar mucho, pero nunca retroceder y vibrar, apasionarse y sentir todo a flor de piel es fundamental para sentir como propio todo el trabajo y el esfuerzo sin dejar que este se vuelva cotidiano e intrascendente y que uno le pierda el gusto.
También, es importante para el real periodista no perder la capacidad de sorprenderse y menos autoconvencerse de que después de ver tantas historias y acontecimientos uno lo ha visto y lo sabe todo, ya que es imprescindible dejarse galantear y seducir por lo nuevo o por lo antiguo pero que no tiene aun su verdadero lugar en el tiempo y el espacio.
Por todas estas razones que detallé anteriormente pienso que el periodismo sí es el mejor oficio del mundo y me siento muy orgullosa y satisfecha de haber escogido esta profesión y estar dentro del mundo del MEJOR OFICIO DEL MUNDO…
*Título copiado de un ensayo del escritor y periodista colombiano Gabriel García Márquez.
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Un amor desinteresado por quien podría dar mi vida y más. Ese amor en el que quiero con la mente, el cuerpo y el alma. Donde sí él llega a faltarme un solo minuto el aire me sobra, los minutos se me hacen más largos, los latidos de mi corazón más lentos, mi piel siente mucho frío, mis pensamientos se vuelven tontos y las lágrimas, casi siempre invisibles, mojan mis mejillas.
¡Que difícil es querer así! Y más difícil aún el darme cuenta de cuándo todo lo que siento es amor del bueno; o no porque no puede existir amor malo, si hace daño ese sentimiento, el amor deja de ser amor, tal vez una gran obsesión; o si simplemente lo que siento es producto de la ilusión que me provoca una personalidad avasalladora.
Cuánto de esto es real?, ¿Se puede amar siempre combinando la razón, el deseo y el amor como tal? ¿Cuándo se quiere con uno o con dos de estos componentes, no se puede sentir un amor completo? Tal vez, si solo uso la razón, el amor queda incompleto.
Solo pienso lo que creo sentir y desear, pero no tengo la capacidad de dejar que siga, el amor, con su curso normal. Puede ser una amistad muy sincera, todo dentro de la normalidad, sin pasión, sin excesos, sin aventura, sin magia. Si dejo que el amor siga el camino que señala el deseo, los excesos de pasión transforman la relación en algo que solo puede fluir en la obscuridad de una habitación, con ropa regada por todas partes y el calor de dos cuerpos sobre la cama, comiéndose el uno al otro. Pero deja de ser racional en esencia.
Nunca trasciende. La atracción me nubla el panorama. Clamo por la presencia del otro, si no está no puedo cumplir el sueño. Y después de que se cumple no queda nada. Tal vez los recuerdo, pero ¿qué recuerdo? Sus labios recorriendo mi cuerpo o mis manos intentando descubrir que hay dentro de esa burbuja de piel. No pienso ni siento con el alma, los cinco sentidos luchan incansablemente para intentar que después de llegar a la cima me quede algo, algo deje una huella.
El amor por amor, porque simplemente quiero querer. Bloquea mi razón, porque se que ella trazará un mejor camino. No dejo, en muchos casos, que el amor llegue a la intimidad porque tampoco necesito tanto del otro. Quiero porque sí y para mi, mucha fantasía, muchos sueños (dormida o despierta).
La imaginación me ayuda a crear escenarios perfectos, con actores profesionales, pero a nada se concreta. Todo se desarrolla en mi cabeza, no hay necesidad de besar, de tocar y mucho menos de pensar. ¡Si lo hago, se acaba! La ilusión existe, pero él quizás lo ignora. Cara a cara, tal vez esa actuación magistral no se cumpla, pero tampoco puede durar para siempre.
Algún momento, temprano o tarde, me llego a despertar y la perfección se esfuma, me pone los pies sobre la tierra y todo el resto continua. Todo, con la satisfacción de haber vivido plenamente y cumplido mis sueños, pero frustrada cuando al mirar atrás y ver, al igual que en el desierto, que el viento borró todo el camino recorrido.
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Después de una fiesta tener que madrugar es algo terrible. En mi caso particular nunca he sido muy buena para esto, y lo peor es qué por lo menos de lunes a viernes nunca me queda de otra manera.
Para colmo todos los sábados, al igual que entre semana, me toca asistir a las clases de Educación Ambiental programadas por el Ministerio de Educación para los 5tos cursos del país. Un sábado, de tantos, después de una fiestota en la casa de mi mejor amigo decidí despertarme un poco más tarde para ir en bus de línea y no en el transporte del colegio a esas molestosas clases.
¡Nunca me he arrepentido tanto, como ese día, de tomar una decisión tan a la ligera! Me puse el uniforme, tome mi maleta y salí a la parada por donde pasaban los buses que me llevarían hasta el colegio. Aunque no me lo crean, y sin exagerar esperé 1 hora hasta que pasó el bus. Cabe mencionar que eran las 8:45 cuando me subí al transporte, tenía 45 minutos de retrazo, y todavía no empieza la mejor parte de la aventura.
Después de unos 20 minutos de viaje el conductor se dio cuenta de que un poco antes de llegar al peaje estaban algunos policías revisando papeles, y como para variar, él no tenía sus papeles en regla nos detuvieron. Después de casi 30 minutos de discusión los policías decidieron llevarlo a un centro de retención y tuve que esperar una media hora más hasta que llegue un chofer de reemplazo.
No podía subirme en otro bus porque no tenía más dinero que para ese y ya lo había pagado. La señorita que cobraba, como cosa rara, después de que nos detuvieron desapareció por completo y no había quien nos devuelva la plata. El chofer que llegó para hacerse cargo del bus tuvo que pasar una serie de revisiones antes de poder conducir.
Hasta que le hicieron todas las revisiones del caso paso un largo de tiempo. Más o menos a las 10:35 continué el viaje hasta el colegio. A la hora que llegué mis profesores y compañeros ya estaban de salida, después de todo el trajín me tocó regresarme a la casa con una horrorosa aventura y un gran cero en la clase de ese día…
Depuse de todo lo ocurrido quiero hacer una petición a todos los señores transportistas de país: Por favor, ser chofer es un oficio, y como en cualquier otro, tienen que trabajar con responsabilidad, saberse de memoria todas las reglas de transito y sobre todo acatarlas y respetarlas, ustedes no transportan objetos, transportan seres humanos, cuyas vidas ponen en sus manos a diario.
Nadie les impide trabajar, pero por favor, háganlo siempre por lo legal, tengan sus papeles en regla y no huyan cuando comenten un error ya que de la única persona de la que no van a poder huir nunca es de ustedes mismos y la conciencia les remorderá toda la vida.
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A veces, todos pensamos que no es tan fácil perder la cordura… Y ¿Perder la cordura por amor? Pues es un lugar común que, en lo personal, lo utilizo mucho. Ayer, caminando por la calle me encontré con una mujer, joven, alta, muy delgada, bien arregladita.
Llevaba un coche de bebé, con todo lo necesario para su cuidado. Una pañalera, que por el bulto que se veía, estaba muy bien provista de un completo equipo con pañales, biberones, ropita, juguetes y demás…
Mientras yo esperaba el bus, ella, sentada en el filo de la jardinera de un edificio, mecía el cochecito y cantaba alguna canción de cuna. Al bebé no se lo veía, el coche estaba tapado con una cobija celeste. A pesar de esto, a todas las personas, que en ese momento transitábamos por ahí, nos preguntada sobre su hijo.
- ¿Verdad que es muy hermoso?, Se llama José Antonio. Y es mi hijito. Nació hace un poquito más de dos meses.
Como no es raro en esta ciudad, donde la gente camina preocupada de sus asuntos, apurada, mal genio o simplemente indiferente, nadie le ponía mucha atención a la joven muchacha.

Pasaron algunos minutos. Una señora, apresurada, pero enternecida por lo que escuchaba decir a tan abnegada madre, se detuvo junto a ella y le dijo que le deje ver al pequeño.
- Yo tengo un nietecito casi le la misma edad y es mi alegría. ¿Puedo destapar el coche para verlo?, pregunto.
La joven, sin temer la reacción de la señora y de algunas personas que estaban junto a nosotros, destapó el coche. Para sorpresa de todos, el coche estaba vacío, todas las cosas que ella cargaba no le pertenecían a nadie, más que a su ilusión de ser madre.
Al ver las caras de todos los presentes la joven rompió en llanto. Regresó a ver a la puerta del edificio, justo cuando una señora abría la puerta. Al ver lo que ocurría, la señora soltó unas fundas que llevaba en sus manos. Corrió hacia la muchacha, la abrazó y le pidió que se calmara.
Al momento, las caras de todos parecían un solo signo de interrogación. Elucubrando sobre lo que podía estar ocurriendo y, de alguna manera (talvez muy poco sutil), exigiendo una explicación.
Explicación que esta señora, quien después supimos que era la madre de la muchacha, no nos negó.
- Mi hija estuvo embarazada. Fue un embarazo muy tranquilo, lleno de amor y sobre todo de paz. No hubo complicaciones, hasta cuando se cumplió la fecha del parto. Días antes de esto, el bebé había dejado de moverse y ella pensó que era porque estaba muy grande. Se ahorcó con el cordón umbilical y nació muerto. Ahora, mi hija sale de la casa con su coche y con todas las cosas que compramos para el bebé. Le canta canciones y lo cuida. Mi hija enloqueció por la perdida del bebé. Enloqueció de puro amor.
Después de explicar esto, abrazó a la joven, cogió la pañalera y paró un taxi y se marcharon.
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En una de esas típicas mañanas frías y lluviosas de invierno me levanté un poco tarde, pensando en que el tiempo iba a ser suficiente, ya que me acosté pasada la media noche.
Era exactamente las 7:05 cuando entré a tomar una ducha. Salí del baño a las 7:20 y en 15 minutos estaba vestida, maquillada y peinada. Bajé a la cocina y preparé un nutritivo, pero rápido desayuno. Al acabar de comer, mi reloj marcaba las 7:50. Lo primero que pensé fue: ¡Dios mío, me voy a atrasar! Además de que ayer ya tuve problemas con mi jefe por impuntual hoy tengo una reunión con unos clientes a las 8:00.
Me cepillé los dientes, tomé mi bolso, las llaves del auto y salí corriendo. Al arrancar golpeé mi auto con la vereda. Se bajó la llanta trasera, pero como la oficina me quedaba cerca no le di mucha importancia. ¡La cambio allá!, pensé, después de la reunión o a la hora de almuerzo.
Para mi sorpresa, cuando llegué, no encontré estacionamiento, y por no ir al garaje de atrás me parqueé en la vereda de en frente. Llovía, y yo estaba con unos tacones bastante altos. Intenté correr, pero di tres pasos, me resbalé y caí. Se rompieron mis tacones, estaba empapada y muy adolorida.
Aterricé justo encima de un charco, pero mi bolso, que estaba abierto, cayo en media calle, la Av. 10 de Agosto para ser exacta. Cuando me levanté, aparte de la risa de todo el “público presente” (los consabidos metiches, que nunca ayudan y siempre estorban), vi cómo labiales, esferos, llaves, documentos y casi todas mis pertenencias, que 30 segundos antes estaban dentro de mi bolso, rodaban por la avenida.
A esa hora, por lo general, hay un tráfico terrible, por lo que para recoger cada cosa tenía que esperar a que cambie el semáforo, recoger la mayor cantidad de objetos, y además retirarme antes de que los carros arranquen, para que no me aplasten. Luego, esperar a que cambie el color nuevamente, para continuar con la operación.
Cuando terminé de recoger mis pertenencias eran las 8:15. Al entrar a la oficina me encontré con la novedad de que uno de mis compañeros había visto cuando me resbalé, y todos los demás, en complicidad con mi jefe y los clientes que me esperaban, estaban pegados a la ventana viendo las maniobras que hice después de caer.
Cuando llegue al escritorio de mi jefe, él no me regaño como yo esperaba, se rió y me dijo: Espero que esto le sirva de lección y que de aquí en adelante llegue siempre a tiempo. Nada hubiese pasado sí fuera puntual. “Al que madruga Dios le ayuda” mujer.
La cita programada se pospuso para la tarde del día siguiente y me gané el día libre. Mi jefe consideró que estando así, mojada, muy golpeada, adolorida y terriblemente avergonzada no podía trabajar y que era preferible que vaya al médico y descansara.
Desde ese día llego puntual a todo lugar y fomento campañas de puntualidad en mi casa, oficina, y en mi grupo de amigos.
Aunque no lo crean esto de la impuntualidad puede causar grandes y graves accidentes…
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Martes 19 de marzo de 2005, tres a.m. En mi casa todos dormíamos. Sonó el teléfono. Era mi tía abuela. Realmente es muy difícil hablar con ella por teléfono. Desde su nacimiento, hace 70 años tiene una malformación en el tímpano y casi no escucha, y menos cuando esta desesperada como esa fatal madrugada.
Mi abuela, su hermana mayor, de 71 años en ese entonces, había llegado a su cuarto, minutos antes de la llamada, arrastrándose por el suelo, con la boca y la nariz llenas de sangre. El médico, luego de algunos exámenes, confirmó la sospecha. Un derrame cerebral que días después provocó la muerte de mi beyita, como yo la llamaba.
Diez días en el hospital, turnos en la noche para cuidarla entre mis primas, mis tías, mi mami y yo. ¡Que terribles días! Talvez los más largos que he vivido, el tiempo se multiplicaba a la enésima potencia. Empecé a fumar, no encontraba otra cosa para hacer en los patios de esa casa de salud.
-No hay nada más por hacer. Si sobrevive, ya no podrá valerse por sí misma- dijo el doctor. En Hamburgo, donde viven mis tías, el panorama no era mejor. La una embarazada de siete meses y la otra acababa de dar a luz un mes atrás y su madre moría, poco a poco, en Ecuador.
La eutanasia es un delito. No la podían desconectar de las máquinas que suplían sus funciones vitales. Al fin, las chiquitas, como les dicen por ser las menores, llegaron de Alemania. cuando ellas pudieron por fin verla, en la pulcra sala de cuidados intensivos del Vozandes, el cuerpo de mi abuelita, prácticamente sin vida, parecía tranquilo.
-Parece que mi mamita está esperando que todos se despidan de ella, la perdonen y también que perdone todo lo que pudo ofenderla- repetía mi tía Gladys, la que estaba más serena. Sin embargo, llegado el décimo día de esta tortuosa espera seguía faltando alguien. La despedida y las disculpas de mi abuelo. El gran amor de su vida.
Eran las 9 y media de la noche y los médicos pronosticaron que de esa noche no pasaría. Mi papá, mi ñaño y yo estábamos en una de las terrazas del hospital esperando el tan anunciado desenlace. En la casa de mi abuela, mi mamá, y tres de mis tías preparaban el traje que vestiría mi beyita en su entierro.
Gladys llamó a mi abuelo, su padre, y le pidió que se despidiera. El respirador cada vez funcionaba más lento. Acercó el teléfono al oído de mi abuela. Nunca supimos que le dijo él. Cuando mi tía pensó que había pasado un tiempo prudencial, retiró el auricular y escuchó que él cantaba la última parte de la canción con la que la enamoró 50 años antes.
Suponemos que le pidió perdón, pues 25 años atrás él la dejó por vivir una aventura con su secretaria. Aproximadamente cinco segundos después de la llamada el respirador se apagó y la maquina que controlaba los lentísimos latidos de su corazón emitió un sonido ensordecedor.
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